septiembre 28, 2014









Verá, es bastante difícil reconocer la derrota ya que en algún determinado momento la paciente acudió a este medio para soslayar el dolor que la cercenaba. Después de un corto letargo, vuelve porque un infortunio similar la ha vuelto a embestir; esperemos que una vez más sobreviva al lento y punzante tratamiento, y que la memoria de alguien la guarde en su gloria.










septiembre 27, 2014

Nullius in verba


I



“Bésame”, le dije. “Siempre”, contestó y volvió a mí. Acercó su rostro y juntó sus trozos de alma con los míos. Nos quedamos recostados, mirándonos sin decir nada verbal. Sin tocarnos.

—¿Cuánto tiempo serás mía?—le dije en susurro. Levanté la mano y acaricié su rostro. Como quien lanza una granada y después llega con alcohol para curar a los heridos.

—El suficiente—, dije, mostrando la autoridad que no tenía, que me inventaba, que él me permitía. Bajó la caricia hacia mis hombros. Me limité a responderla. Un nudo en la garganta se me formó cuando escuché su respuesta, inseguro, dejé de tocarle el rostro aunque una inexplicable fuerza me incitaba a seguir tocándola…

—¿Me deseas?— preguntó de la nada, me sorprendió esa parte desenfadada que bien sabía dominar de sí.

—Me gustan tus labios.

Me incorporé en la cama para que dejara de tocarme. "Me gustan tus labios", qué banalidad, qué precario. Él también se sentó. Ambos teníamos los brazos encima de las rodillas. Me miraba. Yo miraba hacia la ventana. Me besó la mejilla. Sentí cierta ausencia de su parte, no sé, algo no marchaba bien, no quería ser yo quien se marchara al final, ni quería ser quien terminara perdiendo. Un ambiente de batalla se estaba recreando ahí.

—¿Por qué no me besas?— le pregunté con peculiar angustia, tal vez ella no estaba al tanto de que me aterraba esa postura de desdén, que me mataba que no me mirasen a los ojos cuando algo se estaba germinando en el aire. Me tuvo compasión, lo sé porque enseguida de mi pregunta giró el rostro y me besó el hombro.

—¿Qué tienes?— le volví a preguntar como un inocente infante que desconoce cómo tratar a una mujer.

—Nada.

—Te pasa algo.

—No sé.

Me abrazó para prolongar la evasiva o para dejarlo de ver (tal vez no le gustaba que lo mirasen y por eso intenté esquivar su mirada). Sentí su palpitación en mí. Me abrazaba con ternura. Con extraño afecto. Las yemas de mis dedos comenzaron a recorrer su pecho desnudo. Mi boca buscó los rincones de piel que no había besado. Le besé el cuello, la barba, las mejillas. De momentos lo sentía temblar. Yo también temblaba. Besé la comisura de sus labios y después me separé de él. Me miró con tristeza. Me besó los brazos. Acercándose. Abrazándome fuerte. Respiré despacio. Caímos nuevamente en las sábanas. Su boca aclamaba la mía. Me hundí en la cama para que éste no me encontrara. Me estaba yendo, mi cuerpo se entregaba y tuve miedo; todo comenzó a salirse de mis manos. No quería entregar mi interior antes de haber tocado el suyo.

—¿Me deseas?— me volvió a preguntar. Me quedé quieto. Respiró profundo. Me daba miedo expresar esa parte de mí sensible, esa parte que suele doler cuando alguien se va.

—Sí, te deseo, te deseo mucho—. Dije, indómito, temeroso.

Fui yo quien besó sus labios, despacio. Muy despacio. De momento se separaba de mí para que  yo lo volviera a buscar. Para suplicar por sus labios. Para vengarse de mi venganza. Dejó de tocarme. Mis brazos se aferraron a su cuerpo desnudo, al cariño que nos negábamos.

—¿Cuál es la finalidad?— Me dijo, intercambiando el papel, ahora ella era la víctima y yo el victimario. Se entregaba, de a poco, pero se entregaba, y eso despertó mi seguridad, mi ánimo, mi guerra.

—¿Tiene que haber un fin?— le dije con una sonrisa triunfante.

—Hablo de un objetivo, el corazón, por ejemplo—. Me llevó hasta él con los brazos y me sostuvo como el enfermero que llega a salvar a los heridos en una guerra.

—No me sueltes, tengo frío.

Lo abracé accediendo a la irresponsabilidad. Dejé que el afecto lo cubriera del supuesto frío. Quería una respuesta. Metí mis piernas en las suyas. Acaricié su cabello, su nuca, su rostro. Cerró los ojos. Me sentía. Lo disfrutaba. Paré cuando vi que su semblante se elevaba. Abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

—Contéstame.

—Te estoy molestando, perdón.

Se disculpaba, era su manera de ser frágil. De seguir evadiendo. Lo observé por algunos segundos. Nos besamos los labios por un rato. Él me tocó las piernas, indagando. De pronto volví a ser un niño en su regazo, uno que puede jugar, explorar, ser libre en el cuerpo de su compañera.

—Tengo hambre— dije tontamente para esquivar una posible desunión.

¿Hambre?, ¿qué clase de hambre? ¿Fisiológica?, ¿sexual?, ¿sentimental? Me separé de él. Esta vez me alejé hasta el otro rincón de la cama.

—Come—, dije, insegura. Abracé mis piernas sin permitirme decaer. Fui un estúpido al haberle dicho lo primero que rebotó en mi cabeza, sin embargo, eso me mostró que le preocupaba, que ya estaba sintiendo algo por mí.

—Me gusta cómo me hablas—. Se defendió como los grandes. Lo sentí acercarse. Me quitó la camiseta. Lo dejé. Me reencontré con su rostro y mordí su labio inferior. Su respiración se aceleró. La mía también. Dejé de pensar. De atacar. Comencé a sentir.

—¿Te gusto?

—Aún no lo sé—, contesté sin parar de besarlo. Me presionó fuerte contra él.

—¿Yo te gusto?

—Lo sabré cuando seas mía—, repuse, con la sed que había despertado en mí.


Reí. Él rió conmigo...





Brenda Castillo



septiembre 22, 2014

Un elefante ama

Nina Papiorek



Un elefante ama. Una elefanta quiere. Los elefantes buscan. Los elefantes encuentran. Los elefantes aman. Los elefantes procrean. Los elefantes esperan... Un elefantito llora. Un elefantito camina. Un elefantito abraza. Un elefantito come. Un elefantito duerme. Un elefantito juega. El hombre caza. El hombre persigue. El hombre asusta. Los elefantes corren. El hombre dispara. Los elefantes lloran. Un elefantito muere.




Brenda Castillo


septiembre 20, 2014

Maculados

Olivier Valsecchi

Seguimos enclaustrados en la mente
somos los maculados huéspedes
           de la alteración de la conciencia

nos quedamos
no
no en el corazón
—eso es absurdo—
somos pioneros de la dopamina
y no de los latidos
que evocan una vida agonizante

nos quedamos
ahí
en ese sitio
en ese baúl
ajeno a la certeza
repelente a la realidad

nos quedamos habitando
el uno del otro
dentro
en el inconsciente
donde mora lo posible
lo intangible para el sujeto
la casa del silencio 
                      estridente
ahí estaremos
por varios
varios años
arrimados a los trastornos
a lo que se siente y vive flotando

ahí
ahí anidaremos
siempre
desconociendo
irremediablemente
 el olvido.







Brenda Castillo




septiembre 05, 2014

El córvido


Poe me dijo al oído: “Otros amigos se han ido antes; mañana él también me dejará, como me abandonaron mis esperanzas”. Y es verdad...






El cuervo es una figura retórica y la literatura lo conserva en su memoria. Éste depende de la tinta azabache del escriba para pigmentar sus diabólicas y casi siempre lustrosas plumas. En su amenazadora mirada se refleja la agonía de quien le escribe mientras que en su pico se vislumbra la curvada lápida de algún fallecido narrador. Su vetusto cuerpo se sostiene de dos filosas y menudas patas, como las de un quebrantado y a su vez majestuoso escritorio.

El cuervo es un necrófago distinguido que aguarda, con notable impaciencia, los restos de la presa que la crítica probablemente le está a punto de dejar. Es un córvido imponente; el insomne cielo se deja volar por encima de él. Los taciturnos lectores le temen y, de este modo, enaltecen su potestad; ven en su vuelo el innombrable luto de alguna eviterna historia.

Hay veces que el cuervo es un ave común, un ave que irradia temor, inteligencia y una malograda melancolía. Desde su agónico interior el cuervo envidia el eterno sufrimiento de quien le crea y, por ende, disfruta con goce tremebundo sacarle los ojos.

Es así como este pequeño demonio llega a ser la gran musa de muchos ciegos, él lo sabe y por las lúgubres noches —“atónito, temeroso, dudando, soñando sueños que ningún mortal se haya atrevido jamás a soñar”— visita gélidos lares para que el puño temblante de alguien pueda morir de él… “y nada más”.



Brenda Castillo




Creación antisocial:

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