octubre 03, 2015

Violines para callarlas




La niña simulaba sostener del cuello a su madre, ésta la mecía mientras que, absorta en sus pensamientos, anhelaba gritar. Todos, a pesar de la tardanza, el café y los cirios, parecían comprender la demora del tren; por su parte, Anechka y Vinicio Kozlov se comían en secreto, sus pensamientos los remontaba a la cama en donde él le comía los senos y ella gemía de placer, tocándolo. Ambos se insinuaban con los ojos los deseos que tenían por acariciarse y perderse entre sábanas sucias y juegos eróticos.
            Anechka Kozlov desconocía la moral del mundo, el tener los ojos en blanco y la lengua erecta era para ella la única forma de respirar. Vinicio Kozlov, taciturno, participe, menudo. Parecía que su ser había sido confeccionado por ella, su cátedra, su madre adoptiva. Buscaba el hogar, la paz, paz ajena que lo complementara. Algo había en su mesura el que mundo conocía. Que Anechka ocupaba.
            A lo lejos de ellos, pero cerca de nosotros, había un hombre pelirrojo tocando un violín. Elevaba y dejaba caer el sonido con cierta irresponsabilidad en sus manos. Ojos inquietos contemplaban la escena, él, se ofrendaba en seducir ese pedazo de madera con cuerdas. Ahí en el aire, tocaba con la esperanza, la pérdida, el cierre o la liberación. Él lo desconocía, tenía el poder, lo arrojaba al vierto y lo atrapaba con descuido. Brutalidad. Excelencia. Ésta, se esfumó de su tacto al dejar caer una lágrima. Vinicio Kozlov lo notó. Nadie, a mitad del duelo, quiso acceder.
            Tomó su maleta, sacó un violín. Un grito de horror irreparable quebrantó las miradas. Vinicio Kozlov comenzó a tocar. Silencio. Música. Oídos huérfanos adoptaron la solidaridad.
            Llegó el tren. Anechka Kozlov tomó su maleta. El pelirrojo recogió a la niña de los brazos de su madre. La devolvió al féretro. Vinicio Kozlov continuó tocando. La madre deshecha en llanto. El pelirrojo regresó hacia mí. Le pasé su violín. Vinicio Kozlov bajó el suyo. El pelirrojo elevó su poder. Vinicio Kozlov subió al tren. Bajaron la tapa de nuestros féretros. Anechka Kozlov se quedó en la terminal.

            No pudo mirar a Vinicio Kozlov partir.

                                                                                           



                                                                                                          Brenda Castillo

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